22 de enero de 2015

¿ES MUSULMÁN EL WAHHABISMO?

En su libro Les Egarés. Le wahhabisme est-il un contre islam? (Los Descarriados. ¿El wahhabismo es contrario al islam?), Jean-Michel Vernochet muestra como esa corriente se ha erigido en único islam auténtico y ha condenado como herético el islam tradicional, existente desde hace once siglos. Desde su punto de vista histórico y teológico, Vernochet refuta la idea, divulgada desde el inicio de la expansión del wahhabismo —subvencionada por Arabia Saudita—, de que el wahhabismo es una forma extrema del islam tradicional. El estudio de Vernochet aparece en momentos en que ese punto de vista y otros similares se extienden por el mundo árabe como reacción ante las fechorías de la Hermandad Musulmana, de al-Qaeda y del Emirato Islámico. El autor responde aquí a nuestras preguntas.

Jean-Michel Vernochet

Red Voltaire: El wahhabismo se extiende hoy ampliamente en el seno del islam sunita presente en Europa. Pero usted estima que el wahabismo no es sunita y que ni siquiera es musulmán, en el sentido tradicional de ese término. Explíquenos, por favor, esa paradoja.

Jean-Michel Vernochet: Si nos tomamos el trabajo de consultar a los innumerables doctores del islam cuyos trabajos podemos encontrar en internet, notaremos que el wahabismo, que es la ideología de los degolladores de Daesh, constituye una verdadera ruptura epistemológica con la tradición islámica clásica, al igual que en relación con lo que podemos llamar el islam popular. Cuando hablé de eso, personalmente y cara a cara, con el erudito militante Sheikh Imran Hosein, este se mostró totalmente de acuerdo con esa definición de la doctrina wahhabita. Estuvimos de acuerdo en que se trata de una herejía cismática que los sabios musulmanes, y también los intelectuales laicos árabes, designan con el término Dajjal, ¡cuya traducción más exacta sería el anticristo! (el Anticristo es pues así una figura común que existe tanto en la escatología cristiana como islámica).

El Dajjal, el Anticristo en el islam

Al dar a conocer en mi trabajo los análisis de ulemas (teólogo estudioso del islam) cuyo conocimiento del islam está más que comprobado, mi objetivo es proporcionar elementos indiscutibles que permiten mostrar la naturaleza fundamentalmente divergente del wahabismo en relación con el islam tradicional —algo que los occidentales desconocen por completo (la Virgen María y Jesús [Issa] son santificados y venerados en el islam) en la medida en que no saben prácticamente nada del islam, con excepción del resumen extremadamente sucinto que proporcionan algunos teólogos cristianos, desgraciadamente dogmáticos pero que creen saberlo todo a partir de lo que dicen sobre el tema la prensa escrita y audiovisual, prensa dirigida por personas cuyo primer objetivo es impedir que sepamos porque es para ellos la mejor manera de conducirnos, nolens volens, hacia el fuego de posibles guerras civiles.

El prejuicio más extendido es que el islam constituye un bloque monolítico, cuando es evidente que el islam es —en realidad— múltiple, empezando por sus diversas interpretaciones de la ley coránica en materia de jurisprudencia. Hay que subrayar que este triste desconocimiento del verdadero islam va incluso más allá de los no musulmanes. En la Unión Europea la mayoría de los jóvenes descendientes de inmigrantes tienen un conocimiento extremadamente limitado de su propia religión, lo cual facilita la posibilidad de influenciarlos predicándoles un islam supuestamente original, puro y «no falsificado»… como las leyes de la competencia liberal que deben dirigirse por todos los medios, incluyendo los medios coercitivos, a convertirse en «pura y perfecta» en el paraíso terrenal del hipercapitalismo.

Vemos aquí lo peligroso que puede resultar confundir todos los rostros del islam y sobre todo reducirlo a su caricatura, que es el takfirismo.

Si el islam se viese limitado a las diferentes expresiones del wahhabismo, estaríamos cerca de la guerra total entre las civilizaciones. Estamos hablando de una guerra en que la que 1.000 millones de occidentales de cultura cristiana tendrían que enfrentarse a 1.500 millones de musulmanes. Salta a la vista el carácter loco y absurdo de esa perspectiva. Sin embargo, algunos —como los pensadores y simultáneamente agitadores que tenemos en Francia, los Jacques Attali, los Bernard-Henry Levy y tantos otros por el estilo, y sobre todo los think-tanks de Washington— presentan ese choque de civilizaciones como algo probable cuando no inevitable. Y ya sabemos que la influencia de esos gurús puede conducir, como en el caso de Libia, al baño de sangre y el caos duradero.

Jacques Attali es un economista, político, ensayista y escritor polígrafo francés

Para responder a su pregunta con más precisión resaltaré que el wahhabismo es un literalismo exacerbado. Y, como tal, se sale de la ley islámica tal y como esta última aparece revelada en el Corán. Como ilustración de ello quiero recordar que la prédica del jurista Muhammad ibn Abd-al-Wahhab (1703-1792) se desarrolla tomando estrictamente al pie de la letra cada palabra, cada frase de la Recitación. O sea, en su sentido literal más absoluto, al extremo de llegar a hacerle decir al Corán enormidades fenomenales. Como que Dios estaría concretamente sentado en un trono y que tendría una pierna en el infierno. Cualquier musulmán sabe perfectamente que decir que Alá tiene un cuerpo material es algo particularmente absurdo… todos saben que ese tipo de representación es puramente metafórica. Es una imagen, no una descripción antropomórfica de Dios.

Pero eso no sería gran cosa si ese literalismo, esa lectura primaria, primitiva del Corán no llevara a los adeptos del wahhabismo —con el pretexto de un regreso a los orígenes, o sea de salafismo, de una imitación de la vida del profeta— a negar los principios mismos del Corán… o a reducir el Corán a una lectura jurídica restrictiva extremadamente manipulada en función de las necesidades de conquista política y de consolidación de un poder temporal… el de la familia reinante de Arabia o de las múltiples variantes de la Hermandad Musulmana, ¡como en Turquía con el régimen islamo-kemalista de Erdoğan I!

Peor aún, los wahhabitas han llegado incluso a inventar un 6º pilar de la fe islámica. Sería una obligación secreta que consistiría en convertir por la fuerza a los descreídos así como a los malos creyentes y los apóstatas… lo cual apunta contra todos los chiitas y las corrientes sufistas y también contra la mayor parte de los musulmanes sunitas cuyas prácticas religiosas serían consideradas como corruptas por la influencia de los no creyentes. Para imponer esa idea, los wahhabitas inventaron de la nada un deber de hacer la guerra santa. Eso es una interpretación tendenciosa del concepto de yihad que es ante todo —por mucho que le pese a los malintencionados de todos los bandos— un esfuerzo por alcanzar la perfección individual, una guerra interior de cada cual, guerra contra nuestras propias debilidades, contra nuestras pasiones y contra la tentación del Mal que vive en nosotros mismos y que se mantiene permanentemente al acecho. Al imponer la obligación de la yihad, los wahhabitas han cometido lo que los doctores [del islam] designan con el término bid’ah, que es una innovación perjudicial. Y la innovación está fundamentalmente prohibida en el islam, conforme al hadiz:
«El libro de Dios transmite el discurso más real. La mejor enseñanza es la de Mahoma. Las invenciones son la peor de las cosas. Toda invención es una innovación. Toda invención es una aberración y toda aberración conduce al infierno». (An Nassi, Sunna, 3/188).
Así mismo, Hasan al-Banna (1906-1949), fundador de la Hermandad Musulmana, presenta la guerra santa como una obligación necesaria e inevitable y afirma que no cumplirla o rehuir el combate constituiría un pecado capital de los que merecen ser castigados con la gehena, o sea el fuego del infierno. Al-Banna incluso difundió una «carta» dedicada a ese tema y destinada a sus seguidores, carta en la que hace precisamente una «innovación» al agregar al nombre del profeta el título de «Señor de los muyahidines». ¡Al-Banna designa además «el combate contra los infieles y la conquista» como la verdadera yihad, en oposición a la yihad «del alma», como habitualmente creen los musulmanes!


Red Voltaire: Históricamente los británicos utilizaron el wahhabismo para luchar contra el Imperio Otomano, que había caído en manos de los Dönmeh revolucionarios más conocidos bajo la denominación de «Jóvenes Turcos». Hoy en día, la Turquía que usted califica de islamo-kemalista apoya el califato wahhabita, en este caso el Emirato Islámico, mientras que este último acaba de designar la monarquía wahhabita saudita como su segundo enemigo, después del chiismo. ¿Cómo se explican esas contradicciones?

El término Dönmeh (del Turco dön—, «volverse»), o también Selanikli (los que son de Tesalónica), se refiere a un grupo de Sabateos criptojudíos de Oriente Medio que fueron seguidores en el siglo XVII del mesías judío Shabtai Tzvi (en la foto). Los Dönmeh oficialmente practican el Islam. Para los Dönmeh, la conversión de Tzvi tuvo una significación religiosa particular, más específicamente una significación cabalística. Contrariamente a los marranos españoles, para los que la religión judía era exclusiva, los fundadores de esta secta han adoptado voluntariamente el Islam, considerando que la doble práctica del judaísmo e islamismo era un mandato divino.

Jean-Michel Vernochet: Son muchas preguntas y poco fáciles.

Al principio, el objetivo de los británicos en el siglo XIX no era apoderarse del Imperio Otomano, ya por entonces más o menos moribundo y afectado por el ascenso de fuerzas irresistibles. Esas fuerzas que acabarían con él estaban representadas principalmente por los Jóvenes Turcos del Comité de Unión y Progreso (CUP). Ese movimiento revolucionario, que se inspiraba en la Revolución Francesa y cuyas raíces se situaban en París, Ginebra, Roma y Londres, sería el actor principal de la debacle. El derrumbe del poder otomano y la toma del poder, en 1913, por el triunvirato de los Jóvenes Turcos dieron lugar al genocidio armenio y a la dictadura kemalista, régimen ateo que se establece a la sombra del patíbulo y que no habría surgido sin el activo respaldo de las logias masónicas inglesas, francesas e italianas… o sin el respaldo de Lenin y de la burocracia bolchevique. Se trata de un hecho poco documentado, poco conocido, pero auténtico.

Pero, volvamos al Imperio Británico. Durante el siglo XIX casi toda su política hacia la Sublime Puerta (Imperio otomano) será guiada por una sola preocupación: garantizar la protección de la Ruta de las Indias. Seguridad que implica el control geográfico total del Golfo Arábigo-Pérsico. Volvamos atrás por un momento para entender bien el contexto, tanto del derrumbe del Imperio Otomano y del consecutivo surgimiento del reino wahhabita del del Nejd y del Hiyaz… Durante la guerra de Crimea (de 1853 a 1856), la Inglaterra aliada de Francia acude en ayuda de los osmanlíes contra Rusia. La interrogante que se plantea en aquella época se presenta bajo la forma de una alternativa: desmembrar el Imperio —pero, ¿cómo ponerse de acuerdo sobre la manera de repartirlo?— o mantenerlo en estado de coma para desestabilizar la región, teniendo siempre como trasfondo el eterno problema de Londres sobre la seguridad de las vías marítimas y terrestres hacia la India.

El destino del «Hombre Enfermo de Europa» de hecho se mantiene en suspenso desde principios del siglo XIX por haberse establecido un status quo explícito entre las potencias cristianas —Inglaterra, Alemania, Rusia, Francia, Grecia e Italia— que de cierta forma congelaba las ambiciones de todos. Nadie quería precipitar un derrumbe, en definitiva inevitable, pero que habría afectado o cuestionado el precario equilibrio de fuerzas en la región. Eso explica el carácter clemente del Tratado de Adrianópolis, firmado en 1829, al término de la guerra ruso-turca. El zar estimó que un Imperio Otomano decadente, exhausto debido a la deuda contraída con ciertos buitres de las finanzas internacionales era algo preferible al caos. Esta forma de sabiduría política ya no existe en nuestros tiempos...

«Tratado de Adrianópolis 1829» de Spiridon Ion Cepleanu 

Este largo recordatorio era necesario para demostrar que en estas cuestiones es el pragmatismo lo que predomina sobre cualquier otro tipo de consideraciones, empezando por las de orden religioso. Posteriormente, manipulando durante la 1GM a las tribus wahhabitas del Nejd contra la Sublime Puerta en momentos en que el Imperio ya estaba virtualmente muerto, Londres ya sólo quiere destruir el poderío otomano aliado al Reich alemán, y nada más. El aspecto religioso es aquí secundario, nada fundamental. La guerra mundial está en su apogeo y el triunvirato de Jóvenes Turcos que ha tomado el poder en Constantinopla en 1913 ha optado, en efecto, por asociar su destino al de Alemania, país que goza de una inmensa influencia económica en el Imperio… El triunvirato espera aprovechar la confusión de la guerra para aplicar a gran escala una política de limpieza étnica contra todas las comunidades cristianas del Imperio, seguramente con algún tipo de segunda intención mesiánica y un odio escatológico que muy pocos se atreven a mencionar, ni siquiera hoy en día. Se abre entonces un abismo en el que la mayoría de la nación armenia va a verse arrastrada entre 1915 y 1916.

«Niña armenia muerta en el desierto de Alepo/Genocidio armenio» 

Se trata de una política genocida que Kemal Paşa (Atatürk) proseguirá y completará por mucho tiempo después de la derrota de los Jóvenes Turcos y de la victoria aliada de 1918, en particular en 1924, en ocasión de los traslados masivos de pobladores cristianos de Anatolia previstos en el Tratado de Lausana, firmado el 24 de julio de 1923. Con ese tratado se cierra definitivamente la Gran Guerra en el frente oriental. Es importante señalar que al proseguir el etnocidio iniciado por sus predecesores, el ateo fanático y compañero de ruta del Comité Unión y Progreso: Kemal Paşa, es solamente un precursor de la limpieza étnico-confesional que actualmente desarrollan, aunque a una escala mucho más reducida, los yihadistas salafo-wahhabitas contra los católicos asirio-caldeos y los yazidíes en el norte de Iraq.

Yazidíes huyendo del Estado Islámico

Pero volvamos a los años de la 1GM. Los aliados estiman que ha llegado el momento de desmembrar un imperio agonizante y cuyos nuevos amos dönmeh han escogido una mala opción estratégica al optar por el Reich alemán. Mientras estallan rebeliones armadas en todas partes —en Afganistán, Irak, Siria, Palestina, Egipto—, Londres y París se reparten de antemano los despojos del Imperio, en 1916, con el Acuerdo Sykes-Picot. Y lo hacen burlándose de las promesas de independencia hechas a los árabes que habían combatido junto a británicos y franceses. Los ingleses, a partir de 1916, utilizarán el wahhabismo por su dinámica, por su fuerza explosiva, como fanatismo e ideología de conquista, para consolidar su control en la Península Arábiga.


En cuanto a la situación actual, indudablemente no se trata más que de rivalidades entre poderes que compiten entre sí. Si miramos la historia regional, en particular en este último medio siglo, vemos una lucha perpetua por alcanzar el liderazgo. Así sucedió con Gamal Abdel Nasser, Hafez el-Asad, Muamar el Gadafi, Sadam Husein, sin entrar a mencionar el Estado hebreo, cuyo papel en la destrucción de sus vecinos y enemigos potenciales es un factor básico. Ahora son Teherán, Ankara y Riad quienes están compitiendo por el mismo objetivo, independientemente de sus identidades confesionales. Es por consiguiente en términos de competencia que yo interpreto las luchas, a menudo sangrientas, que enfrentan entre sí a las diferentes facciones salafo-wahhabitas. Y entre ellas se encuentran los diferentes movimientos que luchan en Siria, con el Emirato Islámico en primera fila. Asimismo, la dimensión sectaria de las divergencias entre la Arabia wahhabita, la Turquía islamista y Daesh [el Emirato Islámico], es a fin de cuentas secundaria en relación con las ambiciones hegemónicas, al menos de carácter regional, que los oponen entre sí… sobre todo teniendo en cuenta que todos comparten el fondo ideológico wahhabita, y eso incluye a la Hermandad Musulmana aunque esta última no lo reconozca abiertamente.

Hafez al-Asad, Sadam Husein y Gamal Nasser, padres del nacionalismo árabe laico «Baaz»

Red Voltaire: Usted dice que la Hermandad Musulmana y el wahhabismo tienen mucho en común. ¿Qué más puede decirnos al respecto?

Jean-Michel Vernochet: Aún sin ser «una sociedad secreta wahhabita», la Hermandad Musulmana no deja de ser una prolongación de la secta madre que tiene su sede en Riad. Habría que hacer un trabajo minucioso de comparación entre las doctrinas y programas. Pero insistimos en un punto ya mencionado: el wahabismo y la Yami'at al-Ijwan al-Muslimin [La Hermandad Musulmana] son esencialmente ante todo herramientas ideológicas, o sea no religiosas, a pesar de toda su fachada de puritanismo. Son medios ideocráticos de conquista y nada más. Resulta evidente que el wahhabismo no es la pura y simple expresión de una fe viviente sino su caricatura más exagerada. Y los musulmanes no se equivocan cuando lo denuncian como la caricatura que es.

Y no soy yo quien lo dice sino los doctores del islam. O sea, lo dicen todos aquellos cuya voz el «Occidente» perezoso no quiere oír porque es más fácil dedicarse a la sociología barata en los barrios populares de las metrópolis europeas con una fuerte tasa de población inmigrante que estudiar, con un poco de humildad, la dimensión teológica del fenómeno yihadista y del apoyo proactivo que le aporta ese otro puritanismo que es el calvinismo anglo-estadounidense cuando sirve de instrumento a un imperialismo carente de alma y de entrañas.