30 de junio de 2015

LOS PERIODISTAS Y LA GUERRA

Estimando que los periodistas están al servicio de la paz, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó por unanimidad una resolución sobre su protección en las zonas de combate. Dos semanas después, el Departamento de Defensa de Estados Unidos publicó instrucciones que permiten arrestar a los trabajadores de la prensa que realicen espionaje. Thierry Meyssan observa que esa decisión podría acabar volviéndose como un búmeran contra los periodistas de los Estados miembros de la OTAN.

El 27 de mayo de 2015, el Consejo de Seguridad de la ONU adopta la resolución 2222 sobre la protección de los periodistas en zonas de combate, resolución adoptada por unanimidad únicamente porque no tiene en cuenta lo que realmente hacen muchos periodistas en estos tiempos de televisiones globales y guerras de cuarta generación.

El reciente debate del Consejo de Seguridad sobre la protección de los periodistas en las zonas de combate no trajo mucho progreso en la materia. Los diplomáticos acusaron a diversos Estados de haber matado o de haber permitido matar periodistas sin precisar que la categoría de «periodista» puede abarcar actividades de naturaleza muy diferente al trabajo de un informador, incluyendo el espionaje, el sabotaje y el terrorismo.

Hasta ahora se consideraba que para gozar de la protección que merecen los periodistas era necesario:

—disponer de una acreditación de prensa concedida por la autoridad competente del país donde el titular está trabajando;
—no participar en los combates;
—no violar la censura militar.

No está de más señalar aquí lo extraña que resulta esta última condición, inicialmente destinada a garantizar la protección de los secretos militares, pero también muy útil para encubrir la propaganda y los crímenes de guerra.

Se consideraba, además, que los soldados que realizaban funciones periodísticas para los medios militares y los periodistas civiles «incrustados» en los ejércitos no debían beneficiarse del estatus de periodista sino ser considerados soldados.

Al referirse al precedente de los dos periodistas que asesinaron al comandante Ahmad Sah Masud [en Afganistán, el 9 de septiembre de 2001], los estadounidenses resaltan que esa profesión puede servir de cobertura para la realización de actividades terroristas. Más recientemente el ciudadano británico Omar Hussein su unió al Emirato Islámico y ha publicado, bajo el seudónimo de Abu Awlaki, artículos elogiosos sobre la vida en los territorios bajo control del Califato. Pero estos casos de periodistas comprometidos en ese tipo de combate son completamente marginales. El verdadero problema está del lado de los medios globales y la guerra de cuarta generación o (4GW).


Los medios globales

Hasta 1989, los medios de prensa eran de carácter nacional. Por lo tanto, la propaganda de estos medios sólo podía estar dirigida a su propio bando. Aunque siempre existía la posibilidad de lanzar proclamas por avión o de recurrir a las transmisiones radiales de onda corta, lo que llegaba por esas vías estaba claramente identificado como propaganda proveniente del enemigo.

Pero en 1989, una televisión local estadounidense, la CNN, se convirtió repentinamente en televisión global gracias a las transmisiones vía satélite. Su cambio de estatus —ya no era «americana»— garantizaba su neutralidad en los conflictos. CNN se consolidó como medio de «información continua» con su cobertura sobre la caída de Ceaușescu. La transmisión en vivo garantizaba que no había manipulaciones y que se decía la verdad.

En realidad era exactamente lo contrario. La redacción de CNN se hallaba —y esto se hizo definitivo a partir de 1998— bajo control de una unidad militar, la Psychological operations (PSYOP), instalada en los propios locales de la cadena. Lo que transmitía no eran los hechos sino un espectáculo montado por la CIA y el Pentágono. Basta recordar el descubrimiento de la fosa común de Timisoara. El mundo entero pudo ver las imágenes de los cadáveres de más de 4500 jóvenes, desangrados para alimentar al dictador de los Cárpatos, que padecía de leucemia, o asesinados durante la represión de manifestaciones. Los rostros habían sido desfigurados con ácido para que nadie pudiera identificarlos. Aquello demostraba los horrores que Nicolae Ceaușescu, el «Drácula rumano» infligía a su pueblo. Más tarde nos enteraríamos de que sólo eran cadáveres desenterrados del cementerio de la ciudad.

United States Psychological Operations

Mediante la difusión instantánea al mundo entero, los medios globales habían dado a una noticia falsa la apariencia de una verdad compartida. El gran poder de esta forma de intoxicación reside en el hecho que llegó a convencer incluso a los medios de prensa del bloque soviético, en Hungría y en Alemania oriental, que se hicieron eco de la «noticia». Los propios aliados de Rumanía autentificaban así la «información». Es por eso que las grandes potencias se empeñan actualmente en disponer cada una de su propia televisión de «información continua».

Por otro lado, las ideas según las cuales «los periodistas están para decir lo que ven en el terreno» y la creencia de que «la transmisión en vivo impide la manipulación» no tienen mucho que ver con la realidad. Más que testigos, los periodistas deben ser analistas capaces de descubrir la verdad detrás de las apariencias. Ese debe ser su verdadero papel. Por consiguiente, el concepto de «información continua» (en el sentido de transmisión constante de hechos filmados) es en realidad la negación del periodismo. Si los periodistas no están para comparar, verificar, contextualizar, analizar e interpretar, su presencia es inútil.

Durante las guerras de Yugoslavia, Iraq, Afganistán, nuevamente Iraq, Libia y Siria, la OTAN ha fabricado constantemente manipulaciones como la de Timisoara.


La incorporación de 
los periodistas de guerra

Una nueva etapa se abrió en 1992. A partir de ese año, como todos han notado seguramente, Estados Unidos y la OTAN han estado constantemente en guerra en algún lugar del mundo. Y se creó un nuevo tipo de periodista para cubrir esos hechos. Un poco más de un centenar de ellos corrieron a Bosnia y, posteriormente, a Bagdad, Kabul o Trípoli, dando así la palabra a los adversarios de Occidente. Pero, no sólo algunos de ellos sino casi todos se convirtieron en colaboradores permanentes de los servicios secretos de la OTAN. Y cuando describen los resultados de los bombardeos de la OTAN sobre las poblaciones civiles, lo hacen únicamente como medio de proporcionar datos de inteligencia de carácter militar que permiten a la OTAN corregir el tiro. Ese tipo de periodistas debe calificarse como agentes.

video

Eso expliqué durante la guerra contra Libia, lo cual provocó indignación en medios periodísticos. Pero eso fue también lo que finalmente reconoció el teniente general Charles Bouchard al término de las operaciones. En declaraciones a Radio Canadá, el general Bouchard admitió que el cuartel general de la OTAN en Nápoles analizaba la situación gracias a «informaciones provenientes de muchas fuentes, entre ellas los medios [de prensa] que estaban en el terreno y que nos daban mucha información sobre las intenciones y la posición de las fuerzas terrestres».

J. J. Charles Bouchard (n. en 1956 en Chicoutimi, Quebec, CA) es un militar canadiense responsable de liderar las fuerzas aéreas y marítimas en la Guerra de Libia de 2011 denominada Operación Protector Unificado.

Para dar credibilidad al mito de la «revolución democrática», la OTAN montó en Siria, en 2012, una «aldea rebelde». La oficina del entonces primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, organizaba desde Turquía el transporte de los periodistas que querían ver «una aldea rebelde», que siempre era la misma. Allí podían filmar manifestaciones previamente organizadas y convencerse de que eso era lo que sucedía en toda Siria. Pero el Ejército Árabe Sirio también envió periodistas —que, por supuesto, no eran sirios— a ponerse en contacto con los «rebeldes» para recoger información sobre el apoyo que recibían de la OTAN.

La publicación, esta semana, del Manual del Derecho de la Guerra del Departamento de Defensa estadounidense expresa claramente la evolución de la guerra al afirmar que ciertos periodistas en realidad son combatientes.

Pero con esa afirmación, el Departamento de Defensa corre el peligro de que la mayoría de los periodistas de guerra occidentales sean declarados «beligerantes no privilegiados», categoría inventada por el propio Pentágono, que priva a las personas así clasificadas de la protección concedida a los periodistas en las Convenciones de Ginebra. Ese podría ser, en el próximo conflicto, la suerte reservada a los colaboradores de Al-Jazeera, Al-Arabiya, BBC, CNN, Corriere della Sera, Fox News, France2, France24, Le Monde, Libération, The New York Times, Sky News, Washington Post, etc…, por citar solamente a los que yo mismo tuve ocasión de identificar.


Los falsos vídeos de noticieros

En 2011 se dio un paso más allá con el uso de imágenes falsificadas, grabadas en estudios a cielo abierto en Qatar, y posteriormente insertadas en los noticieros de televisión. La máxima expresión de esa práctica fue la difusión, primeramente a través de Fox News y después por el conjunto de todas las televisiones atlantistas y de los países del Golfo, de imágenes falsificadas que «mostraban» la caída de Trípoli y la entrada de los «rebeldes» en la Plaza Verde… 3 días antes de que ambas cosas se convirtieran en realidad.