19 de septiembre de 2014

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA

El Saco del Ogro, de José Baena


«Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa. El resto es propaganda». (Verbitsky).      
El jueves día 25 del pasado mes de abril, abrí en este blog una entrada que titulé: «Saga-fuga del mayor atentado de nuestra Historia».

Anteriormente me había referido a los Atentados del 11 de marzo de 2004 en otras dos entradas, una primera en la que describí mi enfoque de tan turbio asunto en abril de 2008, a los cuatro años de la masacre, mientras que en la otra analicé la imposibilidad absoluta de la procedencia asturiana de los explosivos utilizados, como aparece en la investigación oficial y en la sentencia por la que el caso se dio por cerrado, a pesar de que los autores intelectuales de la masacre no aparecieron por ningún sitio.

CARTA ÍNTIMA A UN AMIGO ACERCA DE LOS ATENTADOS DEL 11-M

11- M: EL HUMO NEGRO ASTURIANO


En mi última entrada, junto a otras consideraciones, aludí a una circunstancia que me pareció obvia desde el mismo momento en que tuvimos noticias de la enorme envergadura de la masacre cometida en los trenes de cercanías de Madrid y que pasará a la Historia como los «Atentados del 11 de marzo de 2004». Me refiero a la convicción de que era imposible creer que ninguna de las redes de espionaje que operan en España tuviera noticia alguna de datos vinculados a la preparación y realización de una masacre de tal envergadura, sabiendo como sabemos que los teléfonos de la mayoría de los imputados pertenecientes al comando islamista que fueron acusados de los atentados estaban intervenidos desde muchos meses antes de que tuviera lugar el sangriento episodio.

Entonces escribí:

«Otro dato a considerar es si los servicios de inteligencia de países extranjeros llegaron a saber ya por aquel entonces lo que ocurrió aquí verdaderamente. Bajo esta perspectiva, y en mi opinión, carece de duda que las cúpulas gobernantes de EE.UU., Francia, Rusia, Reino Unido, Israel y, desde luego, Marruecos, supieron muy pronto que la versión oficial que en España se dio acerca de quienes prepararon y ejecutaron los atentados y, sobre todo, por qué y para qué fueron cometidos, era absolutamente falsa. Lo que ocurre es que todos los Estados tienen trapos sucios que ocultar y nadie se ocupa en desmentir las “verdades oficiales” de los países extranjeros y aliados, a no ser que afecte directamente a su propia seguridad: “asuntos internos de España”, sentenciaron, al igual que sucedió cuando el asesinato de Carrero Blanco. Máxime cuando la versión española favorecía y hasta justificaba la invasión de Iraq decretada por Bush para “neutralizar” las supuestas (?) bases operativas del terrorismo islamista y contentar con un despliegue bélico a una buena parte de la opinión pública, pero, sobre todo, para reforzar los controles informáticos a través del espionaje a escala mundial, empezando por el control del propio pueblo norteamericano, así como fortalecer la presencia estadounidense en los inmensos campos petroleros y de gas natural situados en la naciones del Oriente Próximo.

»De todo lo dicho es posible deducir que la conspiración de silencio que lleva protegiendo los secretos de los atentados de marzo de 2004 es, de alguna manera, global, al menos por la importancia de los poderes encubridores. Así pues, y pese a que la operación de inteligencia que está detrás de la voluntad de abortar cualquier investigación veraz de lo que sucedió, así como de sus antecedentes, su gestación y las motivaciones que determinaron su planeamiento y ejecución en las vísperas de unas elecciones generales sea de exclusiva autoría española, para justificar que la tapadera de silencio no haya estallado es preciso echar mano a la connivencia de otras “inteligencias” que, por sus ámbitos de actuación, son de más allá de nuestras fronteras».

video

Si se analizan detenidamente los párrafos transcritos, podrá observarse que de mis palabras se derivan las conclusiones siguientes:

1º) La certeza de que servicios de información o espionaje extranjeros nos vigilan de manera permanente a través de los controles informáticos que permiten el desarrollo de la tecnología digital de nuestros días.

2º) Que tales controles eran plenamente operativos en marzo de 2004, fecha de los atentados del 11-M.

3º) La especial importancia que concedo al espionaje llevado a cabo por Estados Unidos, la gran superpotencia global, en cuya órbita de influencia se mueve España, sobre todo a partir de nuestra integración militar en la OTAN.

4º) La convicción de que las operaciones de encubrimiento de la masacre del 11-M son de incuestionable autoría española. Y por «española» quise decir de ejecución autóctona, con lo cual, si bien no excluía que los atentados hubieran sido perpetrados por islamistas vinculados a Al-Qaeda, estos habrían tenido que actuar con conexiones internas, aunque esta tesis se fue revelando falsa conforme, ¡oh, paradoja!, los medios policiales la adoptaban como «verdad oficial», excluyendo a ETA gracias a «pruebas» de burda ejecución que fueron revelando su absoluta falsedad con antelación a las sesiones del Juicio de la Casa de Campo, en cuya sentencia no aparece reflejada la autoría de Al-Qaeda, aunque todavía demasiada gente perteneciente al mundo de la política y a los medios de (des)información no haya querido darse por enterada. Lo cual no deja de resultar chocante.

5º) Que la trama oculta, el desconocido núcleo o «cerebro» que planeó y llevó a cabo los atentados de Madrid actuaba dentro de una matriz global, lo que en el terreno práctico se traducía en la certeza de que podrían llevar a cabo sus criminales planes con relativa seguridad gracias a que, con esta cobertura, la investigación posterior para descubrir el fondo de la trama y las motivaciones últimas de la masacre jamás serían descubiertas, pasando a formar parte de las acciones que suelen incluirse en el capítulo que solemos denominar «enigmas de la Historia». Dicho de manera sintética, que sus actos quedarían impunes.

Cuando incluí en mi blog la entrada a la que me vengo refiriendo, no podía suponer que seis meses después, una circunstancia imprevista viniera a certificar la validez de mis conclusiones. Me refiero a un nuevo e importante dato que hemos conocido gracias al testimonio que ahora aporta José María Aznar en la segunda entrega de sus memorias «El compromiso del poder» (Edit. Planeta). Una de las prerrogativas que le confiere haber sido presidente del Gobierno cuando tuvo lugar el 11-M es que posea toda la información entonces disponible por los servicios de inteligencia españoles, así como las procedentes de las inteligencias de los países de nuestro entorno, que son las que he mencionado anteriormente, empezando, lógicamente por los servicios secretos de Estados Unidos, especialmente vinculados con los españoles desde hace décadas.

En su libro, Aznar rememora una conversación con Jorge Dezcallar, ex-diplomático y entonces director del CNI. En la víspera del domingo electoral, jornada de reflexión, el ex-presidente recibió el informe sobre el atentado y la cuestión de la autoría encargado a Dezcallar. «Se trata de un informe personal, no clasificado», escribe Aznar en el capítulo titulado Mis diarios del 11-M. Después de una serie de consideraciones, como conclusión, el informe dice textualmente lo siguiente: «No estamos en condiciones de respaldar o rechazar ninguna de las dos grandes alternativas en presencia», en alusión a que ETA estuviera detrás de los atentados o a que los responsables fueran terroristas vinculados a movimientos islamistas. Y añade: «Ni antes ni después del atentado se ha detectado absolutamente nada ni dentro ni fuera de España que pudiera indicar una preparación o satisfacción por lo que ha ocurrido. El silencio es total, como atestiguan todos los contactos mantenidos con los servicios de Inteligencia de nuestro entorno o el mundo árabe. Nadie ha detectado nada, ni antes ni después (y eso que la NSA de Estados Unidos lleva veinticuatro horas dedicada a este tema con la máxima prioridad)», resume Aznar sobre ese informe.

Que lo que dice Aznar sea cierto, no me cabe duda, aunque semejante percepción solamente tenga validez para las horas siguientes a los atentados. No es menos cierto que a veces no hay peor mentira que una verdad a medias. Y es que estas revelaciones últimas contenidas en sus memorias son una parte infinitesimal de otra verdad que el ex-presidente tuvo que conocer después de los momentos iniciales de desconcierto que le tocó vivir, aunque solamente sea por el hecho, indudable a estas alturas, de que las operaciones de encubrimiento que siguieron al atentado fueron elaboradas mientras que él siguió presidiendo el Gobierno en funciones, hasta el traspaso de poderes a Rodríguez Zapatero. Como todos los demás que vivieron la tragedia instalados en los puestos de máxima relevancia del Estado, Aznar no aclara nada que sirva para arrojar luz sobre la autoría del 11-M y su finalidad última, una cuestión a la que nunca se referirá porque ya no está en condiciones de poder hacerlo. También cabe preguntarse por qué se le olvida mencionar un hecho especialmente significativo: que en la tarde del viernes 12 de marzo, el entonces presidente de EE.UU., George W. Bush, advirtió al embajador de España en Washington, Javier Rupérez, que los autores de los atentados perpetrados la víspera en Madrid podrían ser islamistas y no miembros de ETA, como venía sosteniendo el Gobierno de José María Aznar. Rupérez revela esa conversación en su libro «Memoria de Washington» (La Esfera de los Libros, 2010).


José María Aznar durante una entrevista en Antena 3 TV

Jugar con la hipótesis de cómo habría actuado el PP en el caso de haber ganado las elecciones de marzo de 2004 supondría un ejercicio de imaginación absolutamente voluntarista y, por encima de todo, inútil, que los historiadores conocemos como el símil de «la nariz de Cleopatra». Pero, en buena lógica, cabe aventurar que en el terreno económico, el único que interesa a la inmensa mayoría, parece claro que la crisis que padecemos no habría sido tan dramática y que algunos otros males actuales no tendrían la carga de virulencia que hoy amenaza nuestra convivencia. Pero también tengo claro que, con respecto a la investigación del 11-M, poco o nada habría cambiado. La noble obsesión de Aznar consistente en que España desempeñara un rol destacado en el marco de la política internacional, creyendo que podría cambiar esta situación para mejor, desbordó peligrosamente el papel subalterno que en el «Gran Juego» tenía asignado el Reino de España. Sencillamente, estaba equivocado y los poderosos enemigos que generó su política le hicieron pagar muy cara su osadía. El 11-M fue una llamada imperativa al orden. Sí, al Nuevo Orden Mundial en el que la Unión Europea entera, ¡y no digamos España!, está condenada a ser, en todo caso, un área de libre comercio y parque temático para el turismo global. Por eso no es de extrañar que «su amigo» el presidente George W. Bush, en su libro de memorias Momentos decisivos (Decision points), considere a José María Aznar un «visionario» de la política mundial. A buen entendedor...

José María Aznar y George Bush el 12 de junio de 2001

Porque resulta esclarecedor ante el terrible panorama de nuestro presente, no me he resistido a transcribir el magistral y premonitorio artículo que publicó el periodista Enric Juliana el 3 de marzo de 2003, en plena invasión de Iraq:


Atlantis contra Carolingia

Atlantis, por darle un nombre wagneriano, podría ser la nueva alianza que difumine a la Unión Europea.

La guerra ha dejado como una neblina de autosatisfacción moral en las sociedades europeas, particularmente en los grandes centros urbanos, donde más intensa ha sido la movilización pacifista de las clases medias y las nuevas generaciones en fase de educación contemporánea, que identifican como un peligro para su porvenir el nuevo curso del mundo.

Pero, entre cánticos a Atenas, al cristianismo de Pablo de Tarso, a la multitud internáutica como nuevo sujeto histórico y a la renovada caligrafía de la fraternidad, puede que no se perciba con total nitidez la realidad más inmediata: EE.UU. no ha convencido, pero ha vencido. El ala más dura e ideologizada de la Administración Bush ha ganado la apuesta, porque las cosas en Iraq han discurrido, un muerto más, un muerto menos, conforme a los planes de D. Rumsfeld y sus asesores del American Entreprise Institute.

Siempre es interesante imaginar cómo se ven las cosas desde el otro lado. Desde la perspectiva de los «halcones», el momento es wagneriano: nada impide, al menos a corto plazo, que su nueva visión imperial abandone el plano de lo teórico y se despliegue como una auténtica voluntad de poder, tal y como la entendía Nietzsche: «Todas las formas de poder de la vieja sociedad habrán saltado por los aires, porque todas estaban basadas en la mentira. Habrá guerras como jamás las hubo sobre la Tierra. Solamente entonces habrá en el mundo una gran política».

Es el nuevo paradigma entendido como destino manifiesto y voluntad de conflicto continuo, como en la vieja partitura de Lev Davidovich Bronstein «Trotski», figura que, según nos ilustra William R. Polk, fue el mito juvenil de parte de los ideólogos del «nuevo siglo americano» (y de algunos conspicuos intelectuales vasco-españoles muy influyentes en el entorno de Aznar).

El pragmático Colin Powell, maltrecho después de su rotundo fracaso en la ONU, parece como un dique de contención a punto de derrumbarse. No es extraño, por tanto, que Tony Blair siga emitiendo señales de inquietud y no alardee de la victoria como su sonriente acompañante de las Azores. Y es que algo nuevo apunta en el horizonte atlántico. Algunos esbozos son ya imaginables: la OTAN reconvertida en nuevo instrumento de policía mundial y marco de una alianza política más potente y amplia que la Unión Europea, acaso condenada a no ser mucho más que un gran espacio de libre intercambio económico con la moneda común como máximo icono ideológico. La «cosa» —digámosle Atlantis, para darle un nombre propio­—, además de Turquía podría incluir al Gran Israel resultante de la reconfiguración de Oriente Medio. Atlantis/Babilonia sería el nuevo formato político de Occidente.

Se esboza, también, un contrapunto, aunque con notables contradicciones internas y una voluntad de poder algo más mórbida. La cumbre de ayer de Francia y Alemania, con Bélgica y el ducado de Luxemburgo, apunta a la condensación estratégica de un espacio central europeo bien comunicado con Rusia y China. Para seguir fantaseando, digámosle Carolingia.

Quizás no sean las únicas líneas de puntos hoy imaginables, pero parece claro que se acercan momentos «fundacionales», en los que difícilmente va a poder subsistir la hueca retórica europeísta de los últimos años. Las debilidades estructurales de Carolingia son bien conocidas (¿querrá la economía renana embarcarse con el estatalismo francés en un común destino histórico?), pero la perspectiva Atlantis tropieza con un obstáculo de extraña dimensión física, que se contrae y dilata según el momento: la opinión pública. La multitud educada que gusta del cántico ateniense. ¿Y Roma? ¿Cómo se ubicará la Roma pontificia?... ¿Y la pequeña Marca Hispánica?

El Imperio Carolingio y la Marca Hispánica

Hubo que esperar un año para que la pregunta última formulada por Juliana tuviera respuesta: para ubicarla en su verdadero espacio, a la Marca Hispánica le estaba reservada el mayor atentado terrorista cometido en la Historia de Europa.

Para rematar el asunto de la autoría islamista es preciso añadir que como ya he dejado dicho, los teléfonos móviles de los acusados de pertenecer al supuesto grupo de moritos vinculados a Al-Qaeda, no solamente estaban intervenidos desde hacía meses, sino que la mayor parte de dicho grupo eran confidentes de la propia policía. No menos grave es que estas escuchas fueran, precisamente, levantadas en las vísperas mismas del atentado, como para prevenir que no pudieran ser utilizadas como pruebas en favor de la inocencia de los vigilados respecto a los atentados que todavía no habían sido cometidos. Con semejantes antecedentes no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que estas simples consideraciones bastarían, aún en ausencia de otras complementarias o de mayor fuste, para descartar que los «suicidados» de Leganés tuvieran algo que ver con la trama de falsos islamistas que decidió y llevó a cabo la matanza en los trenes madrileños.

El piso de Leganés, en la calle Carmen Martín Gaite

Otro hecho muy significativo, que no pasó desapercibido en su momento, pero en el cual la prensa del Sistema prefirió no ahondar, fue que el recién elegido presidente Obama no incluyó los atentados del 11-M entre los realizados por Al-Qaeda en su discurso de toma de posesión en las gradas del Capitolio. Pensar que se trató de un olvido es vivir en las nubes, porque las consecuencias de cada frase, de cada palabra habían sido ponderadas con mucha antelación por el mejor equipo de asesores del «establishment» estadounidense. Su omisión fue un recordatorio a la casta política española, algo así como el famoso «lo sé todo de todos», que un buen día se le escapó al inefable Rubalcaba en el Congreso de los Diputados. Dicho queda.


A la sagacidad y buena información de Julio Anguita, el que fuera Secretario General del Partido Comunista de España (1988-1998), Coordinador General de Izquierda Unida y parlamentario en el Congreso de los Diputados por esta formación (1989-2000), tampoco se le escapó que la autoría islamista del 11-M fue un montaje pactado entre PP y PSOE. Como testimonio, transcribo el enlace con las declaraciones que a este respecto hizo en la entrevista realizada en noviembre de 2009 por Luis del Pino en esRadio. En aquella ocasión, Anguita denunció el control de ETA por parte de los servicios secretos del Estado, quienes la estarían utilizando para fines políticos propios, desde hacía mucho tiempo. También dijo que detrás del 11-M hay puntos muy oscuros, todos los cuales apuntan a que los atentados fueron obra de poderosas fuerzas políticas y que las dos versiones que se manejan oficialmente en España (ETA-Al Qaeda) son falsas.

Obsérvese que durante la entrevista, Anguita deja sagazmente caer que sus fuentes de información son fidedignas, que puede demostrar lo que dice y que las pruebas que posee están guardas en lugar seguro. No cabe duda de que se trató de un mensaje dirigido a quienes podrían utilizar sus palabras para querellarse judicialmente contra él, dada la gravedad de sus acusaciones. El resultado es que dijo lo que le vino en gana y no pasó nada. Un lujo que Anguita pudo y puede permitirse dada su situación de jubilado político, ya que me resulta imposible de creer que se hubiera atrevido a emitir estos tremendos juicios desde un sillón del Congreso.

Julio Anguita

Declaraciones de Julio Anguita en noviembre de 2009 respecto al 11-M: «No ha sido ni ETA ni Al-Qaeda»:


Con estas declaraciones de Anguita hemos pasado de la autoría islamista a la etarra, ya que D. Julio descarta como falsas las dos. Y es que, si nos fijamos bien, los mismos elementos de análisis aplicados a los terroristas de Al-Qaeda son aplicables a los de ETA y por las mismas razones, afianzadas todavía más, si cabe, por la intensa colaboración existente entre la inteligencia española y los servicios de espionaje estadounidense, que por orden del presidente George Bush pusieron a disposición de España el sistema Echelon de espionaje a través de satélite para vigilar expresamente, según se informó cuando fue implantado en el año 2001, a la organización terrorista vasca. Casi no se precisa añadir, porque cae por su propio peso, que cualquier sistema de vigilancia es susceptible de ser utilizado como convenga a su dueño, ya que por el enorme grado de eficiencia de que disponen son susceptibles de infinitos usos complementarios o alternativos.

Edward Snowden

Tampoco hace falta llegar a las filtraciones de Edward Snowden respecto al espionaje masivo llevado a cabo por la NSA estadounidense, que tanta falsa indignación y tan escasas reacciones oficiales han provocado en el Gobierno de Rajoy, para saber que la estrecha colaboración entre los servicios secretos españoles y norteamericanos viene de muy antiguo, así como el interés de la CIA, de la NSA y de otras agencias de inteligencia estadounidenses por conocer desde dentro las interioridades más secretas de la vida política española, como prueba la operación Gino, por la que fue neutralizada la intención de los agentes de la CIA instalados en España de colocar un micrófono al entonces vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra. Los hechos ocurrieron en 1984 y, por circunstancias que no vienen al caso, la operación fue detectada por Juan Alberto Perote, entonces coronel del CESID y posteriormente condenado por la práctica de escuchas ilegales, quien informó del asunto al director de «la Casa», el general Emilio Alonso Manglano, el cual lo puso en conocimiento de Felipe González, presidente del Gobierno.

Juan Alberto Perote

Emilio Alonso Manglano

En cuanto tuvo noticia del escándalo, González decretó la expulsión de la plana mayor de la CIA en España. En total fueron una veintena de personas las que fueron «invitadas» a abandonar Madrid a lo largo del segundo semestre de 1984, operación que fue llevada a cabo con la discreción más absoluta para no desprestigiar demasiado al «amigo americano».

La reacción fulminante de González contrasta con la de Rajoy ahora, quien apenas se ha inmutado ante las escuchas masivas de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), realizadas con colaboración española, según hemos sabido por las revelaciones del general Keith B. Alexander, que la dirige desde 2005. El martes, día 29 de octubre, ante el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, Alexander rompió una de las reglas no escritas sobre las que se fundamenta la confianza entre los servicios secretos: no revelar nunca las relaciones con sus homólogos extranjeros y, menos aún, desviar hacia ellos sus responsabilidades.