2 de septiembre de 2015

La devaluación del yuan pone a prueba el ascenso de China como potencia mundial...

Tras la devaluación del yuan los mercados financieros internacionales se pusieron a temblar. Washington acusó a Pekín de sacar ventajas comerciales de manera desleal. Como China quiere incorporar el yuan a los Derechos Especiales de Giro, no es conveniente prolongar la devaluación. Asimismo, si se detona una guerra de divisas el Gobierno chino correría el riesgo de incrementar las tensiones económicas y geopolíticas entre los países de Asia-Pacífico. De esta manera, Estados Unidos vería incrementadas sus posibilidades para desarticular las iniciativas de cooperación regional y, con ello, socavar el ascenso de China como potencia mundial.
Las 3 devaluaciones del yuan, entre el 10 y el 12 de agosto, tienen implicaciones clave para la economía mundial y el equilibrio geopolítico de Asia-Pacífico. El superávit comercial «relativamente grande» mantiene el tipo de cambio efectivo «relativamente fuerte» y por lo tanto, no es «enteramente consistente con las expectativas del mercado», detalla el Banco Popular de China en un comunicado. El pánico de los inversionistas en los mercados financieros dura pocos días. El tipo de cambio termina en 6.3306 yuanes por dólar, la devaluación no se prolonga más allá de 5%.

Toda vez que China se muestra interesada en incorporar el yuan a los Derechos Especiales de Giro (‘Special Drawing Rights’), la canasta de divisas que lanzó el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 1969, es evidente que el valor de su moneda debe permanecer estable, por ser uno de los requisitos que las monedas de reserva mundial deben cumplir (el dólar no lo hace y por eso cayó de 70 a 60% como proporción de las reservas internacionales de los bancos centrales entre 1999 y 2014).


La campaña mediática contra el yuan

Sin embargo, la mayor parte de la prensa occidental no tuvo empacho en sostener que la devaluación de «la moneda del pueblo» (‘renminbi’) busca apoyar la capacidad exportadora de la economía de manera tramposa. Donald Trump, el precandidato favorito a la presidencia por el Partido Republicano, se lanzó con todo en contra de la medida adoptada por el banco central: los chinos intentan «destruir» las industrias estadounidenses.

Esa campaña mediática en contra de China no es nueva. Durante años Washington ha acusado a Pekín de manipular el tipo de cambio. Sin embargo, la verdad es que el yuan no se ha depreciado de manera «artificial», sino más bien apreciado ante la divisa norteamericana. Desde 2005 (cuando se flexibilizó el régimen cambiario) hasta la actualidad, la moneda china se ha apreciado aproximadamente 30% ante el dólar, con lo cual, resulta totalmente exagerado argumentar que la devaluación del yuan en un total de 4.6% durante la segunda semana de agosto será la principal responsable del colapso de la economía de Estados Unidos.

Es cierto que las mercancías baratas elaboradas en China se venden a los ciudadanos estadounidenses como nunca antes. Empero, toda vez que el empleo bien remunerado en Estados Unidos brilla por su ausencia desde hace décadas, las familias y las empresas están mucho más preocupadas por resolver sus problemas de endeudamiento que en cuestionar el origen de los productos baratos que compran a diario en las tiendas de autoservicio.

Con todo, el Gobierno estadounidense insiste en desprestigiar las políticas del Banco Popular de China. No hay nada extraño en eso, los bancos centrales no se caracterizan por alcanzar acuerdos. La historia muestra que en momentos de crisis y turbulencia global, las instituciones encargadas de la política monetaria aplican medidas de manera unilateral para sacar adelante a sus economías.

La Reserva Federal de Estados Unidos es por mucho el caso más ilustrativo. Sin consulta previa con otros bancos centrales, sin estar sometida a la voluntad del Congreso, su anterior presidente, Ben S. Bernanke, anunció en diciembre de 2013 la disminución de los montos del programa de inyección de liquidez (‘Quantitative Easing’). La medida precipitó el derrumbe de los mercados de valores y los tipos de cambio de las economías emergentes.

Bernanke aprendió el idioma hebreo de su abuelo materno, Harold Friedman, que era jazán y profesor de hebreo. Su padre y su tío eran copropietarios y administradores de una droguería de su abuelo paterno, Jonas Bernanke. Jonas nació en Boryslav, Imperio austrohúngaro (hoy parte de Ucrania), el 23 de enero de 1891, y emigró a los Estados Unidos desde Przemyśl, Polonia (parte del Imperio austrohúngaro hasta 1919). Llegó a Ellis Island, a los 30 años, el 30 de junio de 1921, con su esposa Pauline, de 25 años.

Un año después la nueva presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, hizo pública su decisión de incrementar la tasa de interés de los fondos federales (‘federal funds rate’) a lo largo de 2015. Si bien Yellen aún no contrae el crédito (‘tightening’), las monedas del resto del mundo han acelerado su debacle durante los meses recientes.

Janet Louise Yellen (Nueva York, 13 de agosto de 1946) es una economista estadounidense, de origen judío (¡CÓMO NO!), que recibió el doctorado de la Universidad de Yale (¡CÓMO NO!) en 1971.

Esa situación llevó a que el Banco Central Europeo (BCE), el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón lanzaran programas de inyección de liquidez parecidos a los de la Reserva Federal con el objetivo de limitar el alza del dólar ante sus divisas. En cambio, el Banco Popular de China no desplegó ninguna acción extraordinaria y el yuan se mantuvo muy estable ¿Por qué?

En la práctica la moneda china se mantiene vinculada en buena medida a las cotizaciones del dólar. De esta manera, mientras que entre mediados de 2014 y principios de 2015 el dólar se apreció entre 15 y 20% respecto a las divisas más negociadas del mundo (euro, libra esterlina, yen, etcétera), únicamente se apreció 0.6% ante el yuan.


Malabares chinos con varias pelotas

Sin embargo, los obstáculos que el gigante asiático debe superar no son pocos. Desde hace varios años el Gobierno chino implementa una serie de ‘reformas estructurales’ para que la economía transite de un patrón de acumulación sustentado en la inversión masiva a otro que privilegie la ampliación del mercado interno.

La meta a largo plazo del Partido Comunista de China consiste en incrementar el consumo de los habitantes (aumentando el poder de compra a través de los salarios) y disminuir la centralidad del ahorro. Ese giro se ha vuelto más urgente que nunca ante la contracción de las inversiones empresariales y el desplome de la demanda externa.

El mes pasado las exportaciones de China se contrajeron 8.3% en términos anuales, mientras que sus importaciones cayeron 8.1%. Esa involución guarda sincronía con la extrema debilidad del comercio mundial, cuyo ritmo de expansión se encuentra en su menor nivel de los últimos 20 años.

«A pesar de unas tasas todavía altas, el crecimiento del PIB chino también se ha ralentizado; la devaluación, aunque no se pueda definir como muy radical, podría revertir esa tendencia», sentenció Paulo Nogueira Batista, el vicepresidente del banco de desarrollo del BRICS (acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en una entrevista con la agencia Sputnik Mundo.

No obstante, cabe mencionar que las corporaciones chinas exportan casi el 60% de sus mercancías a los países industrializados, según las estimaciones de Jonathan Anderson, miembro de Emerging Advisors Group. Puesto que los países que integran el G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) se mantienen sumergidos en el estancamiento y muy cerca de la deflación (caída de precios), la dinamización de la economía china por la vía del comercio exterior será muy complicada.

Por otro lado, el sector de bienes raíces comienza a sentir los efectos de la sobreinversión. Las agencias promotoras de casas y departamentos ya no encuentran suficientes clientes en el mercado chino. La disminución de las ventas no permite incrementar las inversiones. En consecuencia, las empresas dedicadas a la elaboración de materiales para la construcción (acero, cemento, madera, vidrio, etcétera) también se han visto severamente dañadas, producto de sus estrechos vínculos con el sector inmobiliario.

Las acciones del banco central para gestionar la desaceleración de la economía son muy variadas, no se limitan a la devaluación de la moneda. Durante el último año el Banco Popular de China disminuyó la tasa de interés de referencia y los requerimientos de capital del sistema bancario para de esta manera, impulsar el otorgamiento de crédito a la actividad productiva. Asimismo, China lanzó un plan de estímulo fiscal cuyos costos se estiman en 12% del PIB.

El Gobierno de China se desenvuelve entre malabares con varias pelotas a la vez.